Minipieza: A un paso de la frontera

Ramón: ¿Quién dijo que la melancolía es la felicidad de estar triste? (Pausa.) En fin, me llamo Ramón del Val y apenas me acabo de divorciar y ya tengo a la depresión golpeando mi puerta. Sé, me consta, que si esa ave carroñera se cuela en mi intimidad me dejará hecho un guiñapo, de ahí el pánico a la soledad inmediata. Menos mal que mi estado anímico puso en guardia a Ubaldo, ¿lo ven? Se diría que es un maniquí bajo una luz. Cuando estudiábamos derecho las utopías nos salían por las orejas y aún conservamos algunas. En fin, Ubaldo hoy es una síntesis de magistrado y escritor y nunca sale a la calle sin sombrero. (Pausa.) ¿Qué dices, Ubaldo, alojarme un tiempo en tu apartamento de Castelldefels? Ya, confías en que el mar ordene el tráfico de mis neuronas. (Pausa.) Por desoír su consejo se me puso cara de robar la tristeza del mundo para disfrutarla yo solo. Tenía la moral bajo mínimos. De modo que Ubaldo tomó una resolución. ¿No es cierto? Anda, díselo al público. (Pausa.) Así es, le compré un billete de avión, lo acompañé al aeropuerto y me pegué como un sello de correos a su sombra. Temía que él dejara pasar ese avión rumbo a Barcelona. (Pausa.) Pero, Ubaldo, no puedo tomar ese avión, gestiono un pequeño teatro, tengo pendiente una puesta de escena y ¿cómo? ¿Qué dices de los aeropuertos? ¡Espera, Ubaldo! Voy yo bajo tu luz y así el espectador… (Pausa.) ¿Decías? (Pausa.) Ramón, un aeropuerto tiene algo de caja de sorpresas, ánimo, hombre, te incorporas al vértigo del viajero y te cruzas con una oleada de destinos humanos. En cualquier momento lo inédito puede hacer añicos tu desaliento. (Pausa.) Ah, Ubaldo y sus metáforas. (Pausa.) Y Ramón con su idea de que la vida y un foco de teatro deben ir de la mano. (Pausa.) Seguiré yo, Ubaldo. Verán, una vez pasados los controles, incluido el equipaje de mano, alguien llamó a mi amigo por su nombre, era un tipo alto, con un portafolios bajo el brazo. Ubaldo se distanció unos metros y se puso a hablar con el desconocido. Quedé un momento confuso, ¿Qué hacer? ¿Huir del aeropuerto? ¿Consultar el horóscopo? ¿Abordar el avión? Y fue entonces cuando sentí unos grandes ojos castaños fijos en mi persona. Era una joven delgada, me impresionó su mirada, la tristeza de sus pupilas segó de un plumazo mi hipocondría. Y no sólo había tristeza, también desolación. A juzgar por su expresión era una criatura al borde de un naufragio. Y no iba sola, la acompañaba un individuo de cara angulosa, leyendo imperturbable una revista. Y ella seguía con sus ojos almendrados atados a los míos, mandándome avisos de desesperanza que cortaban el aliento, incluso se dio buenas mañas para, casi sin moverse, acortar distancias en medio de la fila de pasajeros. ¿Qué deseaba de mí? Era evidente que buscaba la comunicación. En mi confusión, observé al acompañante de la joven, era un tipo serio, de complexión elástica, ensimismado en la lectura. Fue entonces cuando ella murmuró en mi oído: es un agente de la Brigada de Extranjería. ¿Cómo dice? Va a sacarme del país y yo no quiero subir a ese avión. ¿Avión? De seguido se oyó por megafonía… ¿Oyen? Señores pasajeros del vuelo 406 con destino Barcelona, diríjanse a la puerta de embarque. (Pausa.) Por favor, señor, ese avión me deja sin futuro, evítelo. (Pausa.) En sus ojos la desesperación hervía en estado puro y me hizo sentirme culpable. (Pausa.) Me llamo Erika… (Pausa.) Ella se esforzó en sonreír y la humanidad de su sonrisa resultó un relámpago acribillando mis nubarrones. Sí, sonrisas como esa debían de ser pan de cada día. Y un agente de la Brigada de Extranjería… Se imponía pasar a la acción. Di un paso hacia adelante, ella tembló de esperanza. De modo que tomé a la joven entre mis brazos y la besé con dulzura en los labios. ¡Erika, mi amor, al fin di contigo! El agente giró unos ojos de incredulidad hacía nosotros. Iba a alegar algo, pero fui más rápido. (Pausa.) Estaba desesperado, agente, la busqué por todas partes, es mi esposa, nos casamos hace unos días, mire, precisamente aquel señor del sombrero es el juez que unió nuestras vidas. (Pausa.) Erika, mi amor, ¿por qué no se lo dijiste? (Pausa.) El tiempo dejó de fluir, el hombre ni pestañeaba. Los pasajeros como siluetas de humo desfilaban ahora por el pasillo del fondo para abordar el avión. En la sección de embarque sólo quedábamos unos cuantos gatos. Entonces Ubaldo se percató de su desliz por haberme perdido de vista y se dirigió hacía mí con el ceño fruncido, gesticulando, pero una vez más me adelanté a los acontecimientos, diciéndole con un guiño de complicidad: señor juez, no le falló la intuición, encontré lo que había perdido en el aeropuerto, ya le explicaré. Mientras, ¿qué tal si celebramos el feliz hallazgo con una botella de Rioja?

Oscuridad

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