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En esta novela, con estructura cinematográfica, su autor juega con la realidad histórica y la ficción. Manuel Azaña, ex presidente de la República, acabada ya la guerra civil española, estuvo a punto de ser secuestrado en Francia para ser conducido a Madrid. Trató de protegerlo Lázaro Cárdenas, presidente del gobierno de México con oficiales de su legación en Vichy. En ese marco, un oficial mexicano y la protagonista de la obra (que sigue la estela de Antígona), vivirán una historia de amor junto con un proyecto de secuestro, mientras los tambores de la Alemania nazi retumban en Europa.

El periplo existencial de Eduardo Quiles: vivir parte de su niñez en Larache (África del Norte), residir en Toulouse y en la ciudad de México dejaron su huella en estas páginas que tiene el lector ante sus ojos.

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Fragmento de las novelas:

Las cenizas del tiempo (Diario de un secuestro)

El rumor del tren por las vía alejándose de la estación me hizo suspirar, tenía los ojos húmedos, extraje el pañuelo. La huella de la ocupación alemana se reflejaba en los rostros de los viajeros, había temor y recelo en sus miradas y un silencio de cementerio se extendía por el vagón. De repente una pareja de la Gestapo asomó su siniestra estampa en el compartimiento.
-Dokumentation.
Uno tras otro, hombres y mujeres sin pronunciar palabra fueron entregando su carné de identificación. Entre los pasajeros, uno en particular, fue motivo de atención por parte de los policías alemanes, que le examinaron sin tapujos, con insistencia. Era éste un individuo tocado con una gorra, enjuto, de edad indefinida, usaba lentes y leía un librillo de tapas color vino. Pese a la grosera forma en que era observado, el viajero no perdió su aplomo en tanto el policía alemán deletreaba con dificultad y le entregaba sus papeles.
-Jean-Claude Carlier, anticuario, Burdeos.
El aludido asintió con la cabeza. No obstante, cuando recuperó la documentación, aflojó los músculos del cuerpo. Al poco, cuando me llegó mi turno y fui a entregar el pasaporte, recordé la frase de Castor nada más abordarme en la estación de Burdeos. “Olvida tu pasaporte español y ten este otro, te moverás mejor”. En silencio, el alemán de tez barbilampiña manoseó y husmeó el documento de forma minuciosa y de repente hizo un gesto de complicidad, sonrió y con un ademán amistoso, exclamó:
-Viel Glück!
Sus gestos de cordialidad un momento antes de desaparecer por el pasillo del vagón me llenaron de confusión, sin llegar a acertar el motivo de su reacción. En el acto sentí un enjambre de miradas furtivas, acusadoras. En efecto, había viajeros que no ocultaban su desdén hacia mi persona. ¿Qué vio en mi pasaporte aquel miembro de la Gestapo para comportarse de ese modo? Al momento oí carraspear a Jean-Claude Carlier. Era el único entre los viajeros cuyos ojos vivos estaban enfrascados en la lectura que alternaba con rápidas miradas a mi rostro. Volvió a carraspear y titubeó un instante antes de dirigirme la palabra.
-Parece un poco desconcertada, mademoiselle.
Asentí con un ademán confirmando su diagnóstico. Ante el gesto, él se animó a ser más explícito.
-¿Entendió a ese policía?
-¿Qué dijo?
-Le deseó buena suerte.
Arrugué el ceño, sorprendida.
-¿En serio?
-Viel glück quiere decir buena suerte en alemán.
Sin más, él me observó un instante en profundidad y retornó a la lectura. Mi desconcierto crecía máxime al percibir cómo crecían las miradas de repudio a mi alrededor. Y el peso del desprecio se hizo tan insufrible que mis nervios me traicionaron y en un acceso de irritación, grité:
-¿Por qué me miran de esa manera? No soy ninguna alimaña. ¿Con qué derecho ya me han juzgado y condenado sin dirigirme la palabra? ¡Vamos, hablen!
Con ojos inyectados de sangre, ahora era yo quien los examinaba uno a uno con talante policial, exigiendo una explicación. Había pasajeros que, sin rechistar, murmuraban y desviaban la vista para no cruzarla con la mía, pero hubo un individuo de aspecto campesino y cuerpo macizo que me retó con la mirada y dijo entre dientes:
-¿Quiere saber lo que pensamos de usted?
-En efecto.
-Y luego irá con el cuento a la Gestapo, ¿no es cierto?
De nuevo me vinculaban con los nazis. La insinuación, de tan directa, aumentó mi exasperación. Sentí un sudor frío pegado al cuerpo, un temblor de rodillas y al final no pude más y estallé:
-Se equivocan conmigo, ignoro por qué ese policía fue amable, yo no tengo nada que ver con esa gente y su ideología. Al contrario, soy una víctima, tanto o más que ustedes. En España, mis padres murieron en un bombardeo de los sublevados y mi hermano, por defender sus principios democráticos, está en la cárcel condenado a muerte y en cambio ustedes, todos ustedes me han…
Lancé un gemido, mis ojos se nublaron de lágrimas. La conmoción apenas permitía expresarme y en medio de la crisis me alcé y como una poseída fui hacia la salida del compartimiento.
-Voy a buscar a esos tipos de la Gestapo, les haré venir para que dejen las cosas claras.
Cuando iba a alcanzar el pasillo del vagón, el hombre de la gorra cerró el libro, esbozó un gesto de incredulidad, se alzó con presteza y fue tras de mí, tomándome del brazo.
-¿Qué intenta hacer? ¿Perdió el juicio? ¿Quiere que la deporten?
En medio de un enjambre de miradas atónitas, dudé un momento y cerré los ojos y contuve la respiración. Luego me dejé arrastrar del brazo hacia mi asiento.
-Madmoiselle -continuó él-, todo ha sido un malentendido, estamos apenados por nuestra conducta y le pedimos nos disculpe, ¿no es cierto?
Se oyó el silbido de la locomotora en medio de la profundidad nocturna
, mientras el tren cobraba velocidad y devoraba los postes del telégrafo que surgían por la ventanilla como centinelas fantasmagóricos. En eso Jean-Claude Carlier paseó la mirada por entre los viajeros exigiéndoles solidaridad. Hubo un susurro de aprobación, mientras la mayoría hablaba por lo bajo y hacía gestos elocuentes lamentado el equívoco. De forma gradual fui recobrando mi equilibrio interior. Cuando logré serenarme un poco miré con ojos de gratitud al hombre que me había respaldado y le sonreí, él devolvió la sonrisa y como no retiraba sus ojos azulados de los míos, pasé por un momento de incertidumbre y acabé por extraer uno de los libros que me acompañaba a todas partes. Observé por el rabillo del ojo que el anticuario no perdía detalle de cuanto hacía.
-¿Sabe que Rimbaud es también mi poeta preferido? -dijo tras una pausa, casi de sopetón.
Alcé la mirada de la página. Él asentía, las manos unidas, como si rezara y con una expresión de juvenil entusiasmo.
-Aunque no me presenté.
Ardía una luz de sinceridad en su rostro. Cundo se disponía a pronunciar su nombre, me anticipé.
-Se lo dijo a la Gestapo- le recordé.
Se dio él un latigazo en la sien con los dedos, movió la cabeza con un gesto, era un hombre distraído.
-Entonces sabe que me llamo Jean Claude Carlier.
-En efecto, yo soy Tina Oliver.
El tren aceleró su marcha embistiendo con fuerza la oscuridad de la noche. ¿Cuánto faltaría para llegar a Toulouse?
-¿Y lee a Rimbaud en nuestra lengua, eh?
-Lo estoy traduciendo para un editor que no sé si está vivo.
De seguido mis pupilas se humedecieron, sentí que iba a llorar e hice un esfuerzo por controlarme y susurré:
-Cosas de la guerra, monsieur Carlier.
Al ser testigo de mi pesadumbre, al hombre le temblaron las aletas de la nariz y, cariacontecido, se apretó los ojos con la yema de los dedos. Temí que quien se echara a llorar fuera él. Cuando retiró la mano del rostro no había lágrimas, pero sí una expresión doliente.
-La guerra es hija del diablo.
Y más reanimado, dijo en voz baja:
-¿Luego es traductora?
-En España era profesora de francés cuando estalló…
Sentí un nudo en la garganta. Mi interlocutor consciente de mi fragilidad, llevó el índice a los labios y me invitó a guardar silencio. Él dio ejemplo, volvió el cuerpo hacia un lado, entornó los párpados, se caló la gorra hasta las cejas, posó la cabeza en la esquina de la ventanilla y al rato, por la respiración, supe que se sumía en un sueño.
Y ya sin interferencias, con la mente fría, reflexioné sobre el mal trago pasado y hube de aceptar, muy a mi pesar, que en el fondo la actitud inicial de los viajeros se ajustaba más a la realidad que me envolvía. ¿Qué hacía yo en aquel tren? ¿Por qué iba a Toulouse? ¿Y luego por qué me trasladaría a Montauban? El mundo se había divido en dos. Los aliados y las potencias del Eje. ¿Para quién trabajaba yo? Nunca la Gestapo me hubiera deseado suerte si no fuera una colaboracionista de sus amigos. ¿Qué sentido tenía mi queja? Era una perra traidora, pero en cambio reivindicaba un trato de persona de bien. El desprecio del que había sido objeto en el vagón estaba más que justificado. No se podía ir por la vida como un animal depredador y exigir comprensión y calor humano. Sólo que estaba última reflexión tampoco parecía ajustada. Yo podía ir de delatora y de burdel, pero no tenía alma de prostituta. ¿En esta Europa en guerra cuántos como yo se verían forzados a realizar actos que deploraban? Mas, ¿quién puede luchar contra un destino aciago? Ahora lo esencial era lograr mi objetivo. Era el único recurso para impedir que a mi hermano le dieran el tiro de gracia contra el muro de un cementerio.
Intento dar una cabezada, sólo que resulta árido olvidar el momento difícil al que estuve sometida por culpa de aquel tipo de la Gestapo. Dudo que se encantara de mi persona, pero ¿cómo explicar sus gestos de cortesía? El caso es que la tensión creada me hizo erguirme, salir al pasillo y buscar el baño del vagón. Al dar con la puerta del retrete cerrada, aguardé a que se desocupara. Aunque como transcurría el tiempo y la puerta no se abría y por si tenía el cierre defectuoso, golpeé primero la hoja con los nudillos y más tarde traté de abrirla. Al final la puerta se abrió un palmo y a través de la abertura pude ver a una mujer de mediana edad, delgada, con moño oscuro, junto a una adolescente: Ambas con ojos suplicantes hacían señas para que me alejara, y al final, la mujer susurró en español:
-Por favor, váyase, mi hija y yo no podemos salir de aquí, no llevamos documentación, ni siquiera papeles de refugiadas.
La sorpresa segó mi respiración. Aquella madre y su hija trataban de eludir a los individuos de la Gestapo que controlaba el tren. Les di ánimos con la mirada, ellas volvieron a cerrar la puerta y echar el pestillo, y con un sabor de fruta amarga en la boca pasé al siguiente vagón.

Portada de la novela El carnaval del relajo

Portada de la novela El carnaval del relajo

El carnaval del relajo -  Eduardo Quiles  (342 págs.) Ed. Prometeo

    De madrugada, y entre piar de aves, Emérico Olmedo escapó del sueño y sin rasurarse se encaminó al lugar donde se alzaban las instalaciones del Club de Tenis. Iba con los ojos pegados al suelo, como ensimismado en un jeroglífico. Decidió, por fin, atravesar la puerta del pabellón reposando su trasero en la más empinada grada desde donde observó las desiertas pistas con el mentón apoyado en las rodillas y la expresión más bien dispersa. Con un sol alto y sonrosado surgió por la gradería el atildado Wilebaldo Gómez, quien luego de un titubeo decidió sentarse junto al terrateniente. ¿Qué nuevas me trae?, inquirió Emérico Olmedo sin romper su abstracción y retorciendo los nudillos de las manos. La niña Angélica pasó al confesionario, susurró el literato oficial, ahorita anda comulgando en el altar mayor. ¿Ah, sí?, suspiró Emérico Olmedo entre lacónico y ausente. Juventud y Pureza, informó Wilebaldo Gómez, también se desveló en la iglesia con novenas y otras vainas, rezando por el triunfo de un Olmedo y acudirá a la cancha para animar a la novia de Tehuantepico. ¡Pendejas!, gruñó Emérico Olmedo con desdeñosa mueca y en su retahíla de improperios, añadió: ¿qué puede platicarme de la fulana? Esta madrugada, replicó Wilebaldo Gómez, cerró con su propia mano el Moulin Rouge; luego de echar el cerrojazo, apagó las luces como si el negocio fuera ajeno. ¡Ni siquiera se entrena para el partido!, se3 lamentó Emérico Olmedo, rechazando el cigarrillo que le ofrecían. Yo creo como Wonenburger, expeculó el escritor, mientras exhalaba el humo del tabaco, la zorra no osará pisar la cancha. Fue a replicar Emérico Olmedo cuando un tropel de alborotadas meretrices irrumpieron en las pistas, enderezando las siluetas de los prohombres. De tal guisa las vieron inspeccionar la calidad del suelo, el estado de las redes, las distancias en las líneas de demarcación y la calidad de las pelotas, a las que hacían botar contra la hierba. Preso en su estupor, Emérico Olmedo encendía maquinalmente un puro habano para chuparlo con avidez. ¡Pues la bronca va de veras!, farfulló Wilebaldo Gómez, pellizcando el lóbulo de su oreja. La desalmada, rezongó Emérico Olmedo, envió un ejército de sus concubinas para allanarle el terreno. De súbito, el literato oficial de la ciudad quedó a solas, pues por la calle y a buen pie caminaba como un sonámbulo el terrateniente, que no frenó su zancada hasta alcanzar el edificio del Moulin Rouge; ante su fachada se le vio titubear, pasar de largo, desandar los pasos dados y girar como una peonza en torno al cabaré. Luego, frente a la puerta de entrada, su mano pendía inerte sin robarle ya el sueño si era acechado por l a curiosidad callejera. Al ir a golpear la puerta, ésta cedió y Emérico Olmedo cruzó el umbral envuelto en sombras. A tientas localizó una mesa flanqueada de sillas bajo un silencio voluptuoso que martilleaba sus sienes y una fragancia a hembra fácil que se negó a respirar. En la eternidad de los minutos, creyó oír una respiración fundida a un taconeo femenino. Anuncie, dijo a las tinieblas, a Emérico Olmedo. Otra vez el ritmo respiratorio, de nuevo el rumor del taconeo por un camino de penumbra. De golpe, estalló un fósforo y su resplandor permitió a Emérico Olmedo observar un rostro de mujer cuya belleza lo turbó. El terrateniente cerró con violencia los ojos, se hizo sordo a un canto de sirena que brotaba por alguna parte y con la obstinación que le dio tierras y riqueza, masculló: ¿en cuánto cree que está valorada la Raqueta de Plata? Le replicó el insoportable silencio, pero el hombre no se arredró. Yo se lo diré: como unos doscientos de los grandes, pues bien, triplico la cifra si renuncia a enfrentarse a la niña Angélica. La luz del cerillo fue reemplazada por la roja brasa del cigarrillo, única antorcha que daba relieve al íntimo decorado del cabaré. La impaciencia desgastaba el falso equilibrio de Emérico Olmedo. Supo que estar frente a Sonia la exótica era como extraviarse en la nada. Quiere vengarse, ¿no es cierto? El prohombre cazó sobre el claroscuro del cabaré la geometría de una vaga sonrisa pareja a esa Giaconda que admirara durante una incursión al Louvre, años atrás. Ahora sé, murmuró, que no es plata lo que usted persigue. Y otra vez columbró a la dama napolitana del cuadro, pero sin su mística y con un paraíso erótico en los ojos. ¿Quiere juerga, verdad?, tornó a formular, escéptico de la magia voluptuosa que la envolvía, aunque agregó: siempre me envanecí de que la mejor raqueta de Tehuantepico es la de un Olmedo. ¿Y qué dijo Sonia la exótica desde su sosiego estatuario? Me consta, alegaba el terrateniente con hilos de sudor en la sien, que usted no es rival de la niña. ¿Mil de los grandes? En un ángulo del aposento surgió una luz entre anaranjada y mortecina que bastó a Emérico Olmedo para divisar un sombrero jipijapa en la cabeza de una juvenil prostituta reclinada sobre un piano de cuyo teclado arrancaba un minué. ¿Por qué no sale a tomar el fresco del lugar más enajenado de la República? Emérico Olmedo brincó de la silla al oír la voz de Sonia la exótica. ¡Es una venganza!, aulló. Toda esta vaina de tenis y putas es una taimada puñalada a la ciudad. Atrapado en la exasperación de su monólogo, salió del Moulin Rouge bajo las notas cada vez más fieras del minué.

Ciudad de México, 1975 – Valencia, 1978

Editorial Prometeo, 1981

Revista Art Teatral

Eduardo Quiles fundó la revista Art Teatral en Valencia en 1987 para contribuir a la difusión del autor teatral contemporáneo publicando su teatro corto, género que dio auténticas joyas dramatúrgicas en la historia del teatro. Continuar leyendo »

Una muchacha de ojos alunados
hace jogging
por la linde azul de un sueño,
y una ambulancia,
ojos de pulpo afarolado,
la acosa a lo lejos.
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Ramón: ¿Quién dijo que la melancolía es la felicidad de estar triste? (Pausa.) En fin, me llamo Ramón del Val y apenas me acabo de divorciar y ya tengo a la depresión golpeando mi puerta. Sé, me consta, que si esa ave carroñera se cuela en mi intimidad me dejará hecho un guiñapo, de ahí el pánico a la soledad inmediata. Menos mal que mi estado anímico puso en guardia a Ubaldo, ¿lo ven? Se diría que es un maniquí bajo una luz. Cuando estudiábamos derecho las utopías nos salían por las orejas y aún conservamos algunas. Continuar leyendo »

Sobre el contenido de los vídeos :

El Frigorífico. Monólogo interpretado  aquí por Andrés Navarro. Un poderoso naviero resucita luego de ser hibernado nada más morir. Para recobrar su memoria histórica se introducirá en la piel  de los personajes más ligados a su anterior existencia. Y duda en integrarse a una época en apariencia muy evolucionada o regresar a la cámara frigorífica. Y al final se oye decir al naviero: Porque Zeuxis no se chupa el dedo. (Al público.) Una cosa son ustedes y otra mis fantamas. Señoras, caballeros, sean de la época que fueren, ha sido un placer.

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Mi patria es un latido de guitarras.  (J. L. Borges)

 

 

 

Era yo un tipo solitario y de oficios varios y mi debilidad era correr maratones. Cumplí 40 años de existencia tan de golpe que hasta mi propia sombra se sobresaltó. “¡Eh, no tan rápido!, sugirió!”. Por entonces vivía de las guitarras, es decir, las fabricaba en mi propio domicilio. Continuar leyendo »

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